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El dilema moral del carrito de supermercado

Nadie te obliga a regresar el carrito. Nadie te felicita por hacerlo. Nadie te castiga por no hacerlo. Entonces, ¿por qué importa?

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Hace años, en internet, leí sobre la teoría del carrito del supermercado. No recuerdo si fue en Reddit o en algún otro foro, pero hablaba de cómo podíamos tener un indicador moral sobre nosotros mismos y sobre otros con el acto sencillo de regresar el carrito del supermercado después de subir las cosas al auto. Hablaba de cómo es un acto en el que no dañas directamente a nadie, nadie te juzga, nadie te observa; es una acción que te libera de todo juicio externo, dejando solo el tuyo. Y ahí, en esa soledad moral, nuestro verdadero yo se muestra: si somos buenas personas, regresamos el carrito; si no lo somos, lo dejamos ahí, a mitad del estacionamiento.

Es interesante cómo, a veces, cosas tan pequeñas se quedan en nuestra mente durante tanto tiempo. Ese texto viene a mí con más frecuencia que cosas mucho más importantes, estoy seguro.

Cuando me lo topé por primera vez, yo no manejaba todavía; mucho menos tenía un auto propio, ni hacía el súper por mi cuenta. Pero se fue formando dentro de mí la idea de ser una buena persona y de siempre regresar el carrito. Un ideal bastante sencillo: elegir el lado bueno, el lado moral.

Y aquí estoy, después de tantos años. Hace tiempo que tengo auto propio y hace tiempo que hago el súper, a veces solo, muchas veces con mi pareja. Y me he dado cuenta de que las cosas no eran tan sencillas. La gran parte del tiempo regreso el carrito, por muy lejos que esté, por muy solo que esté, aunque no haya autos a mi alrededor y pueda dejarlo en una posición en la que no estorbe. Pero también ha habido muchos días en los que no lo hago; días en los que tengo la mente en otro lado, en los que estoy enojado, triste o, inclusive, simplemente no quiero hacerlo. Y cada una de esas veces volteo al carro desde mi retrovisor, admirando mi decisión, preguntándome si ya no soy una buena persona.

Porque nunca se trató del carro, y siempre lo supe.

Ese era el momento en el que me preguntaba a mí mismo si era una buena persona, si lo había sido, si lo seguía siendo. Y la respuesta muchas veces cambiaba, porque no podemos serlo siempre, pero tenemos que intentarlo, día a día.

Todos nos hemos enfrentado a días malos, días que no nos dejan ser esa persona. Y también nos hemos topado con gente que pasa por esos días, gente a la que juzgamos como mala, cuando quizá, en cualquier otra circunstancia, estaríamos ambos llevando el carrito de un lado del estacionamiento al otro para dejarlo en su lugar.

Espero que, en muchos años, siga llevando el carrito y, tal vez, me reproche menos cuando no pueda hacerlo.