Últimas veces
¿Cuál es tu mas dolorosa "Última vez" ?
He estado pensando mucho sobre las últimas veces. Supongo que es normal mientras la edad llega a nosotros. Actualmente, a pesar de no llegar a los 30 años, siento que ya he coleccionado un buen número de ellas, y quisiera hacer un ejercicio de consciencia para darles el honor que no les di en su momento.
Y es que muchas ni siquiera llegan a convertirse en recuerdos certeros, precisamente porque sucedieron sin que lo notara. Algo similar a lo que pasa con eso de “vivir el momento”, y aprovechando, haré una pequeña pausa para desarrollar esto último.
Me ha causado mucho ruido esa expresión, “disfrutar el momento”, porque para mí es una paradoja.
Digamos que estoy en una reunión con amigos. Dejo que todo transcurra sin reflexionar, me mezclo en el ambiente, río, canto, discuto. La noche termina y estoy acostado en mi cama, dándome cuenta de que terminó. Parece que no he disfrutado el momento, ¿cierto?
Ahora pensemos en el otro caso. A media noche me detengo, observo todo, admiro a las personas más importantes de mi vida alrededor mío y me doy cuenta de que estoy viviendo un “momento”. Pero ya me he convertido en un espectador. Admiro el escenario desde la tercera persona y, por la intención de disfrutarlo, me he excluido a mí mismo de él, sobreanalizando todo.
Por eso llego a la triste conclusión de que los momentos no se pueden aprovechar. No los puedes tomar, no te puedes adueñar de ellos. Solo pasan, como la vida.
Pero regresemos a las últimas veces.
Me duele no recordar muchas de ellas. La última vez que, de niño, jugaste con desconocidos en una fiesta infantil. La última vez que estuviste reunido con todos tus amigos de la infancia. La última vez que te quedaste dormido en el sillón y despertaste en tu cama.
En preparatoria, mis amigos y yo nos pasamos la tarea por última ocasión, almorzamos juntos sin saber que sería la última vez, reímos en clase por última vez.
Y lo peor de todo es que no sucede de golpe. Bueno, quizá sí: tienes un último día de clases. Pero no es tan obvio. Nunca es tan obvio. Simplemente sucede.
Tomé una clase de universidad por última vez.
Vi una película solo en mi vieja laptop por última vez.
Comí una gloriosa gringa del Maya por última vez.
Dormí en casa de mis padres por última vez.
Llevé a mis amigos en mi vieja camioneta después de una fiesta por última vez.
Salí a pasear en esa misma camioneta con mi actual esposa por última vez.
Fui a la cineteca de mi escuela por última vez.
Tomé el transporte público a las 5:50 a. m., en una fría mañana, para llegar a la preparatoria por última vez.
Serví mi último helado en Dairy Queen.
Atendí mi última mesa en Rockstar Burger.
Tomé mi última llamada en HP.
Metí mi último gol a nivel amateur.
Metí mi último gol en la selección de la escuela.
Claro, muchas últimas veces son buenas.
También hubo otras que no quisiera repetir.
Recibí mi último insulto en la secundaria.
Mi última agresión.
Mi última humillación.
Y quizá eso sea parte de lo extraño de crecer: algunas cosas terminan sin que sepamos que están terminando. No hay una despedida, no hay una señal, no hay una última escena que nos advierta que aquello no volverá a suceder.
Me da miedo quedarme sin últimas veces últimamente.
Espero que sea simplemente mi memoria, incapaz de reconocerlas mientras suceden. Porque muchas de esas últimas veces representan capítulos cerrados en mi vida. Representan progreso, avance, etapas que quedaron atrás.
Las últimas veces son buenas.
O, al menos, pueden serlo.
Reconocerlas nos ayuda a crecer. Y espero ser cada vez más consciente de las mías, y darles el valor que no supe darles a las anteriores cuando todavía no sabía que lo eran.